EL DERECHO A SER CUIDADO
Hay dolores que no se explican.
Dolores que nos obligan a preguntarnos por aquello que dejan al descubierto.
Esta reflexión es mi manera de acompañar algunas preguntas de ese dolor compartido.
La exploración de los cuidados me llevó a observar con más atención la dimensión humana de la gestión cultural. Buscando comprender aquello que sostiene los procesos culturales, fui encontrando claves que me ayudaron a leer la complejidad de los vínculos, las responsabilidades compartidas y las formas en que las personas sostienen la vida en común.
Hoy me descubro recurriendo a ellas para intentar comprender una experiencia que me atraviesa profundamente. No tanto para encontrar respuestas como para formular mejor algunas preguntas. Quizá también poniendo a prueba los límites de ese marco.
¿Qué le sucede a una sociedad cuando debe cuidarse de quienes deberían cuidarla?
Sociedades que han aprendido a vivir así durante años. Donde la ciudadanía no solo debe ocuparse de sacar adelante su vida cotidiana, sino también de vigilar permanentemente a quienes administran lo común.
Me pregunto si una de las consecuencias más profundas de la ausencia de cuidado aparece cuando las estructuras creadas para proteger dejan de sostener aquello que les corresponde sostener. Las infraestructuras se deterioran, la prevención desaparece, las instituciones pierden capacidad de respuesta.
Pero el daño más profundo aparece cuando una sociedad sigue compartiendo sus vulnerabilidades y deja de contar con estructuras capaces de responder a ellas. La ciudadanía queda expuesta. Entonces aparece una carga que nunca debió corresponderle. Debe vigilar. Debe anticiparse. Debe proveer. Debe aprender a protegerse no solo de las dificultades de la vida, sino también de quienes deberían estar ayudando a resolverlas. Esa tarea consume la energía colectiva. Energía que deja de destinarse a reponerse de las adversidades, a imaginar el futuro, a crear, a aprender, a emprender, a participar, a cuidar a otros o simplemente a vivir.
Se revela entonces la injusticia de una transferencia de responsabilidades que no corresponde. Porque algo se rompe cuando una sociedad tiene que dedicar parte de su energía a hacerse cargo de aquello que las instituciones han dejado caer.
Me detengo un momento en la idea de cuidado en este contexto. Cuidar consiste en identificar, crear y sostener las condiciones que permiten que la vida pueda desarrollarse con dignidad, protección, participación y confianza.
Y es aquí donde vuelvo, una vez más, a Joan Tronto. A su insistencia en mirar cómo se distribuyen las responsabilidades del cuidado en una sociedad. Quién cuida. Quién responde. Quién sostiene la vida cuando algo falla. Y qué ocurre cuando esa carga termina recayendo sobre quienes nunca debieron asumirla.
Con el tiempo, esa ausencia deja de percibirse como una excepción. Se convierte en una forma de vivir. El cuidado deja de formar parte de aquello que una sociedad espera para sí misma.
Sin embargo, allí donde los sistemas se deterioran, aparece una paradoja profundamente humana. Aparecen personas que levantan a otras personas. Que comparten lo poco que tienen. Que buscan, acompañan, escuchan, sostienen. Comunidades organizándose para responder donde las estructuras han fallado.
El cuidado como respuesta humana a la vulnerabilidad compartida.
Estas son capacidades admirables, pero también tienen un costo. Porque que una comunidad sea capaz de cuidarse no convierte en aceptable el abandono. Que las personas se sostengan unas a otras no convierte en aceptable el abandono. Los derechos existen precisamente para que la vida no dependa de la suerte ni del sacrificio de la ciudadanía.
Y es ahí donde aparece algo que me inquieta especialmente. La posibilidad de que una sociedad llegue a dejar de reconocer el cuidado como un derecho. Y esa me parece una herida social enorme, porque los derechos no desaparecen únicamente cuando se derogan, sino también cuando dejan de ser imaginables.
Cuando el cuidado deja de ser imaginable como un derecho, algo comienza a erosionarse en la vida colectiva. Aparecen la indefensión, el desaliento y la dificultad para confiar. Por eso el daño que infligen los sistemas que abandonan el cuidado no se mide solo en la corrupción, en la precariedad o en las infraestructuras que se deterioran. Se mide en la normalización de una injusticia profunda que se manifiesta en la transferencia silenciosa de las responsabilidades del cuidado desde las instituciones hacia la ciudadanía.
Y en la construcción de un mundo al revés donde quienes deberían cuidar se convierten en aquello de lo que hay que cuidarse, reconozco una de las consecuencias más profundas de la ausencia de cuidado. La posibilidad de que una sociedad termine perdiendo no solo la experiencia de ser cuidada, sino también la capacidad de imaginar el cuidado como un derecho.
¿Qué ocupa entonces el lugar de esa esperanza?
¿Dónde deposita una sociedad la necesidad de ser cuidada cuando ha dejado de imaginar que puede construir colectivamente las condiciones de ese cuidado?
Me da mucho miedo imaginar estas respuestas. Especialmente a esta última pregunta.
NOTAS:
Las reflexiones de Joan Tronto sobre el cuidado como responsabilidad democrática acompañan parte de las preguntas planteadas en este texto.
Lecturas que acompañan esta reflexión:
Joan Tronto, Caring Democracy.
Joan Tronto y Berenice Fisher, Toward a Feminist Theory of Caring.